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JULIO CORTÁZAR: TESTIMONIOS DE EXTRAÑAMIENTO

Íbamos de la mano, tal vez por la rue du Saint-Honoré, y después tomábamos el boulevard de Capucines, camino hacia la Opéra. Él quizás fumaba, porque siempre fumaba, y yo aún tenía la cabeza llena de notas de un tema de Charlie Parker que recién habíamos escuchado en su departamento atiborrado de libros, espeso el humo y el jazz colándose entre esos estados y mundos y materias que se aliaban ahí, en conversaciones sobre lo imposible o patafísica o callados escuchando todos los blues del mundo, nada más.

Él era Horacio Oliveira y yo una mujer como la Maga, algo torpe, distraída y con mi manía de perfección a pesar de mi desorden, porque en esos años, cuando no existía ninguna otra novela comparable a "Rayuela", yo quizás soñaba con ser como la Maga. Su pelo, su cintura y su misterio inundaban las horas y no horas de la vida diaria, porque todo podía ser en la vida de la Maga, un encuentro como un desencuentro con ese hombre enamorado y medio loco, aunque yo tuviera los ojos vidriosos y sufría, porque siempre había sufrido como ella, pero al final era alegre y mi color favorito era también el amarillo.

Sí, todo fue un sueño. El único sueño que tuve con Julio Cortázar (al final Oliveira era Julio) una noche de verano en la montaña, cuando él acababa de morir y yo, con diecinueve años, no encontraba consuelo posible ante la realidad despiadada y brutal de saber que ya ningún otro libro, ninguna otra ficción maravillosa aparecería de la mano de su genio. ¿Cómo era posible consolarse? Había una única manera: leer y releer todo lo que ya había leído tantas veces y encontrar -porque siempre funcionaba- nuevos parajes, nuevos sonidos u objetos provenientes de sus mundos que antes, en otra lectura, quizás por un ínfimo descuido habían pasado desapercibidos. Porque lo que fascinaba de la obra de Cortázar eran esos descubrimientos inauditos de episodios insólitos o palabras que permitían descifrar experiencias tan únicas, ricas y misteriosas, que podían llegar a expandirse, como sus relatos circulares, hasta el infinito.

¿Por qué Julio Cortázar logró hacerme sentir tan cerca de él como ningún otro escritor lo ha hecho jamás? Por esa manera que tenía de escribir como respirar, por su estilo, natural y desenvuelto, por esa exaltación desesperada de su prosa tan poética, simultáneamente terrible y maravillosa. Él escribía como si estuviera hablando, hablándome a mí, y yo, entonces, parecía escucharlo y me imaginaba su voz ronca de tantos cigarrillos hablándome a mí -y a nadie más que a mí-, y entraba así de a poco, o todo de una vez atravesaba mi piel y se instalaba tan adentro que después de leer un cuento o un capítulo más de "Rayuela" o de "Los Premios" era como si abandonara esos universos caminando junto a él y, al poco rato, para que no se desvaneciera su figura de hombre alto, flaco, de manos enormes e intensos ojos azules, había que volver a leerlo, a escucharlo, y esa era la única manera de que no se acabara esa realidad que era su ficción, pero que, al final, era una ficción más real que cualquier otra cosa.
En esa época yo estudiaba Literatura en la Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación de la Universidad de Chile, en el campus de La Reina. No éramos más de veinte alumnos en mi promoción y nos convertimos en un grupo cerrado de amigos, todos con una pasión loca por escribir y por la literatura. Leíamos todo lo que llegaba a nuestras manos, pero seguramente estudiar literatura no hubiese sido lo mismo sin Cortázar, porque él fue quien hizo de ella un juego cercano, un juego al que podíamos jugar todos, los más eruditos e intelectuales y los más salvajes también, porque él no hacía alarde de su genio y parecía escribir cosas inútiles, pero que al final siempre resultaban imprescindibles. Nos enseñaba cómo subir una escalera, por ejemplo, o cómo llorar con un llanto que no insultara a la sonrisa. Su narrativa, así como sus poemas, se aplicaban a cualquier experiencia de vida y buscábamos y aprendíamos a amar o a hacer política haciendo poesía.

Era 1983 y la dictadura y la realidad afuera y los amigos detenidos o los familiares desaparecidos de mis co