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JULIO CORTÁZAR: TESTIMONIOS DE EXTRAÑAMIENTO

Íbamos de la mano, tal vez por la rue du Saint-Honoré, y después tomábamos el boulevard de Capucines, camino hacia la Opéra. Él quizás fumaba, porque siempre fumaba, y yo aún tenía la cabeza llena de notas de un tema de Charlie Parker que recién habíamos escuchado en su departamento atiborrado de libros, espeso el humo y el jazz colándose entre esos estados y mundos y materias que se aliaban ahí, en conversaciones sobre lo imposible o patafísica o callados escuchando todos los blues del mundo, nada más.

Él era Horacio Oliveira y yo una mujer como la Maga, algo torpe, distraída y con mi manía de perfección a pesar de mi desorden, porque en esos años, cuando no existía ninguna otra novela comparable a "Rayuela", yo quizás soñaba con ser como la Maga. Su pelo, su cintura y su misterio inundaban las horas y no horas de la vida diaria, porque todo podía ser en la vida de la Maga, un encuentro como un desencuentro con ese hombre enamorado y medio loco, aunque yo tuviera los ojos vidriosos y sufría, porque siempre había sufrido como ella, pero al final era alegre y mi color favorito era también el amarillo.

Sí, todo fue un sueño. El único sueño que tuve con Julio Cortázar (al final Oliveira era Julio) una noche de verano en la montaña, cuando él acababa de morir y yo, con diecinueve años, no encontraba consuelo posible ante la realidad despiadada y brutal de saber que ya ningún otro libro, ninguna otra ficción maravillosa aparecería de la mano de su genio. ¿Cómo era posible consolarse? Había una única manera: leer y releer todo lo que ya había leído tantas veces y encontrar -porque siempre funcionaba- nuevos parajes, nuevos sonidos u objetos provenientes de sus mundos que antes, en otra lectura, quizás por un ínfimo descuido habían pasado desapercibidos. Porque lo que fascinaba de la obra de Cortázar eran esos descubrimientos inauditos de episodios insólitos o palabras que permitían descifrar experiencias tan únicas, ricas y misteriosas, que podían llegar a expandirse, como sus relatos circulares, hasta el infinito.

¿Por qué Julio Cortázar logró hacerme sentir tan cerca de él como ningún otro escritor lo ha hecho jamás? Por esa manera que tenía de escribir como respirar, por su estilo, natural y desenvuelto, por esa exaltación desesperada de su prosa tan poética, simultáneamente terrible y maravillosa. Él escribía como si estuviera hablando, hablándome a mí, y yo, entonces, parecía escucharlo y me imaginaba su voz ronca de tantos cigarrillos hablándome a mí -y a nadie más que a mí-, y entraba así de a poco, o todo de una vez atravesaba mi piel y se instalaba tan adentro que después de leer un cuento o un capítulo más de "Rayuela" o de "Los Premios" era como si abandonara esos universos caminando junto a él y, al poco rato, para que no se desvaneciera su figura de hombre alto, flaco, de manos enormes e intensos ojos azules, había que volver a leerlo, a escucharlo, y esa era la única manera de que no se acabara esa realidad que era su ficción, pero que, al final, era una ficción más real que cualquier otra cosa.
En esa época yo estudiaba Literatura en la Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación de la Universidad de Chile, en el campus de La Reina. No éramos más de veinte alumnos en mi promoción y nos convertimos en un grupo cerrado de amigos, todos con una pasión loca por escribir y por la literatura. Leíamos todo lo que llegaba a nuestras manos, pero seguramente estudiar literatura no hubiese sido lo mismo sin Cortázar, porque él fue quien hizo de ella un juego cercano, un juego al que podíamos jugar todos, los más eruditos e intelectuales y los más salvajes también, porque él no hacía alarde de su genio y parecía escribir cosas inútiles, pero que al final siempre resultaban imprescindibles. Nos enseñaba cómo subir una escalera, por ejemplo, o cómo llorar con un llanto que no insultara a la sonrisa. Su narrativa, así como sus poemas, se aplicaban a cualquier experiencia de vida y buscábamos y aprendíamos a amar o a hacer política haciendo poesía.

Era 1983 y la dictadura y la realidad afuera y los amigos detenidos o los familiares desaparecidos de mis compañeros no dolían tanto si uno se podía convertir -aunque fuera por un rato -en un cronopio o una fama y podía bailar tregua o catala y siempre había una esperanza y uno sabía que en la casa de Jacinto había un sillón para morirse. El juego era, para Cortázar, el elemento clave para enfrentar un mundo incomprensible o absurdo o lleno de peligros.

EL ÚNICO LUGAR DE LA CASA
Dicen que nació "accidentalmente" en Ixelles, Bruselas, el 26 de agosto de 1914, y el mismo Cortázar refirió su nacimiento como un producto "del turismo y la diplomacia", pues su padre se desempeñaba como agregado comercial en la embajada de Argentina en Bélgica. Lo llamaban el pequeño "Cocó" y fue un niño melancólico, siempre en las nubes, eternamente curioso. "La gente que me veía crecer, se inquietaba por mi distracción o ensoñación", decía el escritor.

Fue, además, un niño enfermizo, y seguramente se debió en parte a que el padre abandonó a su familia cuando Julio apenas tenía seis años. Nunca volvieron a saber de él. Como pasaba mucho tiempo en cama, su madre lo introdujo en la lectura y a los nueve años ya había leído a Julio Verne, Víctor Hugo y Edgar Allan Poe. Si bien estas lecturas desencadenaron fuertes pesadillas cuando niño, influirían profundamente en su creación posterior. Se advierte la presencia de Verne, por ejemplo, hasta en sus últimos libros, como "La vuelta al día en ochenta mundos" y "Último Round".

Cortázar encontró en la literatura a su mejor compañera ("Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo", diría). Tanto leía que incluso se entretenía con el Pequeño Larousse y quizás ésta fue otra de sus lecturas de alcance insospechado, plasmada posteriormente en su oficio de traductor de la Unesco y de autores como Poe.

UNA MANERA DE PASARLO BIEN
Curioso es que en los inicios de su carrera fue poco reconocido e incluso un par de editoriales rechazaron sus manuscritos. Sólo con la publicación de "Bestiario", en 1951, atrajo cierta atención local y no fue hasta la aparición de "Rayuela" en 1963 que Cortázar pasó a las grandes lides del boom latinoamericano, junto a autores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y José Donoso.

Vargas Llosa escribió un prólogo notable a la edición de sus cuentos completos en 1992. Habían sido amigos y durante una época Cortázar fue también su modelo y su mentor, confiesa el escritor peruano. Se conocieron a fines del 58 en París, donde ambos, junto a Aurora Bernárdez, la primera mujer de Cortázar, oficiaban de traductores en una conferencia internacional.

Vargas Llosa había visto en Julio y Aurora a la pareja perfecta y era pura felicidad cuando en esos años los invitaban a él y a su esposa Patricia a cenar. Por eso lo sorprendió tanto la noticia de su separación. Pero Cortázar era un hombre que limitaba el acceso a su intimidad, y debe haber sido arriesgado e inútil entrometerse en su vida privada. No así en su literatura, que era un libro abierto y, más aún, divertido. El efecto de "Rayuela", sostiene Vargas Llosa, fue sísmico "y extendió las fronteras del género hasta límites impensables. Gracias a "Rayuela" aprendimos que escribir era una manera genial de divertirse, que era posible explorar los secretos del mundo y del lenguaje pasándola muy bien".

Cortázar tenía la facultad de convertirlo todo en literatura. De esa manera, era imposible aburrirse, porque se fundían ficción y realidad, razón y sinrazón, y la libertad para traspasar fronteras era ley. Cortázar hizo de la escritura una identidad, registrando todo lo que veía o imaginaba, lo que hacían sus amigos o su gato, los hechos políticos y domésticos, y la risa llegaba tan fácil como el llanto o el jazz, el misterio empapaba incluso lo más obvio, y cada palabra o personaje tenía mucho de real y de fantástico a la vez. Es cierto, parece una locura escribir así, sentir así, vivir así, pero una vez que se prueba ese sabor cortazariano por la vida es imposible volver atrás y, más aún, intentar abandonarlo.
Su escritura es tan cercana a él, tan su propia piel, que terminó escribiendo, por ejemplo, "Último Round" como un diario de vida en movimiento, porque nada escapaba a su pluma, desde la guerra en Vietnam o la revolución en Cuba hasta consignas como "Exagerar: esa es la arma", escritas en los muros de la Facultad de Letras en París. Todo quedaba registrado, como lo haría una cámara fotográfica, y de esa capacidad viene acaso la influencia que Cortázar tuvo en el cine de la época. Directores como Antonioni, Jean-Luc Godard y Manuel Antín adaptaron sus relatos a la pantalla grande.

Cortázar no usaba la literatura para crear "otra" realidad y evadir la propia, sino que hacía de la literatura su realidad. Su realidad era literatura y por eso Oliveira y la Maga podían ser personas como yo o cualquier otra, porque la literatura de Cortázar sigue siendo más real que nada. Es una manera de vivir la vida, intensa sin duda, aunque acaso menos dura a la hora de acercarse al lado oscuro que de todas maneras está ahí, siempre está, pero que ahora no asusta tanto porque voy de la mano de un hombre de manos grandes, las manos más grandes que habré visto jamás.

La Panera, N°54, octubre de 2014


ADONIS: DIVINO ENVIADO DEL POEMA

Sobre el dios Adonis? No, no hablaremos del antiguo dios griego, sino sobre el poeta que lleva el mismo nombre. Raro, por lo menos, resulta encontrar un poeta contemporáneo llamado así, pero a este Adonis no lo bautizaron precisamente sus padres, sino que fue él mismo, quien, cansado de pasar desapercibido en el mundo editorial con su nombre verdadero, se dio a conocer como Adonis. Y -para tenerlo en cuenta-, le dio increíbles resultados.
 
La historia comienza en Al Qattabi, una aldea muy pobre  al norte de Siria, en el seno de una familia muy pobre también. Nace allí Ali Ahmed Said, el 1 de enero de 1930, y, sin escuela, radio ni televisión, sin autos ni electricidad, de los labios de su padre campesino, siendo niño aprende poesía preislámica y mística. Escribe su primer poema entre los 10 y 12 años y entre los 15 y 16 años ya los manda a distintas editoriales. Sin embargo, sus esfuerzos no prosperan. “No se publicaron nunca”, cuenta el poeta. La negativa era constante hasta que, en pleno enfado, a los 17 años tuvo una idea que cambiaría su destino para siempre. Con el pseudónimo Adonis mandó los mismos poemas a las mismas editoriales. Para su sorpresa, esta vez lo reciben con los brazos abiertos. Así Ali Ahmed Said logra salir del mundo árabe y proyectarse al mundo occidental.
 
 ORIGEN DE ADONIS
Adonis significa “señor” y, originalmente, era un título honorífico que las civilizaciones semitas daban a Tamuz, una divinidad conocida incluso antes de la adorada en Babilonia. Los estudios señalan, de hecho, el lugar de culto en Mesopotamia, parte de la actual Siria, el mismo país de origen de Adonis. Sin embargo, no fue la divinidad siria sino la historia del Adonis griego -que guarda muchísimas similitudes con la divinidad original- la que conmovió al poeta, haciéndolo adoptar su nombre. Dice el mito que Adonis nace de la unión incestuosa entre Mirra y Ciniras, rey de Pafos.  
 
Tan hermoso era el bebé, que la diosa Afrodita lo oculta en un baúl y se lo da a Perséfone para que lo cuide. Pero cuando ésta lo ve, decide quedárselo. Afrodita apela a Zeus, quien decide que Adonis pase parte del año con Perséfone, en la oscuridad del inframundo, y la otra parte con Afrodita, a la dorada luz del sol.
 
Adonis se convierte en un hermoso joven, amado y protegido por Afrodita. Un día va a cazar y un jabalí lo embiste y lo mata. Afrodita escucha sus quejidos. Corre a rescatarlo, pero lo encuentra muerto, tendido en un charco de sangre, que la diosa transforma en hermosas flores rojas, las anémonas. Dicen que en la ciudad de Byblos, en el Líbano, el río Adonis es rojo porque lleva en sus aguas la sangre de Adonis.
  
LA RENOVACIÓN DE LA POESÍA ÁRABE
Una vez más este año, la sombra del nombre del poeta sirio-libanés ha quedado vagando por los pasillos que conducen al Premio Nobel de Literatura. Adonis, el poeta árabe vivo más conocido en el mundo entero, un hombre de melena algo crespa y casi blanca, ha sido un revolucionario de la poesía árabe. Dejando atrás la forma tradicional de la qasida, hizo suyo el verso libre y legitimó el poema en prosa. Sus versos, recitados en un árabe recio y elocuente, levantan pasiones y dicen que sus lecturas -en las que mueve manos y cuerpo como director de orquesta-, hipnotizan.
"La poesía que es espejo de la realidad es mala”, afirmó Adonis categórico durante una entrevista concedida al diario español El País. En cambio, postula que la poesía debe ser una síntesis entre realidad y surrealidad: “Nuestra obligación es observarla para cambiarla. No creo que debamos ser su fotocopia". En el hermoso poema “Celebración de la realidad”, leemos: “La realidad es la flor más marchita/ en el jardín de las palabras”.
 
Pero estamos ante una tendencia mundial en poesía a retratar meticulosamente lo que se ve, hace o siente, a caer en la crudeza ordinaria, olvidándose la importancia de la recreación metafórica. Admirador de autores españoles como Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén y Luis Cernuda, Adonis –que obtuvo la nacionalidad libanesa en 1962- advierte la necesidad de buscar la quintaesencia del lenguaje: “Nuestro trabajo debe ser como sustraer el perfume de una rosa".
 
Una de sus obras más dramáticas es su Epitafio para Nueva York (1972). El poeta aquí actúa como un profeta, y plantea la urgente renovación de la cultura árabe: lo que viene –vaticina el texto- es el final de un período de oscuridad, el comienzo de una época de esperanza y prosperidad para Oriente.
 
Aunque en principio Nueva York representa un Occidente que domina al mundo árabe (“Y confieso: Nueva York, tienes en mi país la tienda y el/ lecho, la silla y la cabeza. Y todas las cosas a la/ venta: el día y la noche, la piedra de La Meca y el/ agua del Tigris. Pero advierto: a pesar de ello, jadeas/exhausta en tu intento de vencer en Palestina, en Hanoi,/en el Norte y en el Sur, en el Este y en el Oeste,/a hombres que no tienen más historia que el fuego.”), su desmoronamiento resulta inevitable: imágenes escatológicas y de destrucción dan cuenta de un profundo proceso de cambio: “¡Desmoronaos, estatuas de la libertad! (...) El viento sopla otra vez desde el Oriente y/ arranca la lona de las tiendas y los rascacielos”.
 
Se establece una crítica a la modernidad así como también al retraso del mundo árabe, cuya mentalidad tiende a vivir en el pasado (“Vi/ el mapa árabe como un caballo que golpea pesadamente el/ suelo con sus cascos. Con alforjas que cuelgan como el tiempo sobre la tumba”) y cuya lengua permanece estática (“La palabra ha muerto porque vuestras lenguas abandonaron/ la costumbre de la voz por la costumbre del gesto.”)
 
La ausencia de una identidad árabe se relaciona con dos procesos que marcaron al mundo árabe: la creación de Estado de Israel en 1948 y la Guerra de los Seis Días en 1967. Por un lado, la crisis de Palestina (al-Nakba, el éxodo de su pueblo) refuerza ideas nacionalistas, puesto que Palestina se convierte en ícono de lo árabe. Sin embargo, la derrota de los estados árabes frente a Israel (al-Naksa) marca la ruptura de la arabidad, destruyéndose el panarabismo como ideología.
 
Tales acontecimientos influyen profundamente en la literatura árabe contemporánea. La reacción es la denuncia y la crítica, que Adonis comparte con otros poetas como Mahmoud Darwish (Palestina), Abd Al-Wahab Al-Bayyatt (Iraq) y Nizar Qabbani (Siria), autores cuya obra está estrechamente ligada a la realidad sociopolítica del mundo árabe.
  
ADONIS Y EL MUNDO OCCIDENTAL
Siria, 1942. El país vive días de revuelta que pronto acabarán con el Mandato Francés. Ali Ahmed Said tiene entonces 12 años y un día llega de visita el presidente Shukri al-Kuwatli. Ali quiere acercársele. Su padre se niega, pero el niño desobedece y logra captar la atención del mandatario: grita que quiere recitarle un poema. Nervioso, el niño recita y el presidente se impresiona al escucharlo. Entonces, le pregunta cómo puede recompensarlo. “Quiero estudiar”, dice Ali Ahmed Said.
 
Fue así como a los 13 años Ali Ahmed asistió a una escuela por primera vez. La lógica occidental de la Mission Laïque Française en la escuela de Latakia lo marca para siempre. En aquellos primeros años de formación académica, Adonis conoce la fuerza de dos culturas en conflicto. Más tarde explicaría que no concibe una sin la otra. Occidente se conoce a través de Oriente y Oriente a través de Occidente: “El otro es el mejor camino para llegar a uno mismo", dice el poeta.
 
En 1954, Adonis se licenció en Letras en Damasco. Entre 1955 y 1956 pasa once meses en prisión por actividades políticas. En 1973 se doctoró en Filosofía en la Universidad St. Joseph. Cerrado el horizonte en Siria, se traslada a Beirut. Allí despega definitivamente su obra poética: “Toda mi vida ha estado marcada por la poesía. Sin ella no puedo explicar mi relación con la naturaleza, ni tampoco mi relación con el árabe, mi lengua”.
 
En Beirut funda la revista Shi'ir (Poesía), donde se propone aunar la tradición clásica con la poesía moderna de Occidente. Trabaja como profesor, periodista y crítico literario. Vienen después acaso los años más difíciles en la historia del Líbano. Desde 1975 (y hasta 1990) el país vive una cruenta guerra civil. Los constantes enfrentamientos con soldados israelíes dan como resultado, además, la invasión israelí al Líbano en 1982 -Beirut es sitiada y bombardeada durante dos meses-, y la posterior Matanza de Sabra y Chatila, los sangrientos ataques a campos de refugiados palestinos que dejan miles de muertos, la mayoría civiles, mujeres y niños. En “Desiertos”, poema de su libro “El asedio de Beirut” (1985), Adonis escribe: “No hay camino hacia mi casa: estado de asedio/ las calles son cementerios”. Y más adelante: “La muerte ha cambiado la forma de la ciudad/ Esta piedra es la cabeza de un niño/ y este humo es un suspiro humano”. Fue en 1985 cuando Adonis abandona Beirut para radicarse en París, donde reside hasta el día de hoy.
 
EL LIBRO, una obra monumental
La singular anchura de este volumen (casi 32 centímetros) no responde a un propósito estético, sino a la necesidad estructural de colocar en una misma página tres textos complementarios y distintos.
Al modo de Rayuela, El Libro (El ayer, el lugar, el ahora) admite diferentes lecturas a partir de los tres cuerpos literarios en sus páginas. La parte central es una íntima autobiografía lírica de Al Mutanabbi, uno de los grandes poetas clásicos de la literatura árabe. El lado izquierdo lo componen comentarios históricos de una rapsoda (que dice, cita o repite). En el lado derecho -por lo general el más breve- hay notas que aclaran puntos que puedan resultarle oscuros al lector.
Sin embargo, el desconocimiento generalizado de la cultura y la historia árabe -de los poetas preislámicos, de la lírica de los beduinos, de los primeros descendientes de Mahoma o la lista de los Califas omeyas- hacen difícil la lectura de esta obra en Occidente. Hermosamente sugestiva, resulta extraña y acusadoramente metafórica: vemos casi todos los días imágenes del islam y lo ignoramos casi todo de él, salvo tópicos que ha fecundado el exotismo de una propaganda obsesionada con distorsionarlo.
Es imposible que Adonis se aleje de su cultura. En su poesía se palpa la tradición árabe fundada en el islam. Pero, sobre todo, Adonis es fiel a sí mismo, y a la esencia más íntima de la poesía: a la intuición renovadora que ella permite y a la revelación de una realidad única, original. Algo distante y distinto emocional y físicamente de un credo religioso, político o social.
La Panera, octubre de 2011
  

KARL OVE KNAUSGAARD: EL FINAL DE LA FICCIÓN

Increíble. Uno de cada diez noruegos poseen una copia de al menos un volumen de Mi Lucha, la saga de Karl Ove Knausgaard (1968, Noruega), una narración brutalmente autobiográfica compuesta de seis volúmenes y más de tres mil quinientas páginas. Éste es un dato editorial interesante: da cuenta de que el retrato íntimo de la vida de Knausgaard llegó a cautivar a los noruegos más que las obras de ficción y en vez de continuar leyendo escabrosas historias del boom policial nórdico prefirieron internarse en la esencia de una vida familiar postmoderna. Parece que a nosotros nos está pasando lo mismo.
 
  
Svetana Alexiévich es periodista y no ganó el Premio Nobel de Literatura 2015 por su obra de ficción, sino por los crudos y verídicos relatos sobre la guerra entre la Unión Soviética y Afganistán, el desastre nuclear de Chernobyl y las vivencias de testigos y protagonistas de tantos otros trágicos eventos de esa parte del mundo. Karl Ove Knausgaard (Noruega, 1968) no es periodista ni escribe sobre guerras, pero tiene en común con Alexiévich el haberse centrado en la realidad para escribir. En este caso, en su propia vida. Así llegó a “Mi lucha”, que, en el caso de Knausgaard, ha sido escribir buena literatura.
 
“Estar en paz y escribir”, dice en “Un hombre enamorado”, el segundo volumen de los seis que comprende su titánica obra. El anhelo de escribir es tan poderoso como llegar a ser un hombre completo, bueno e íntegro. Pero entre el anhelo y el llegar a creer esto último de sí mismo hay un tremendo abismo: Knausgaard es un tipo que llega, por ejemplo, a hacerse cortes en toda la cara al sentirse rechazado por la mujer que ama. No tiene compasión ni con él ni con los demás: “…lo único verdadero que he pensado jamás”, dice hacia el final de este volumen, es que “No debes creer que eres alguien. No creas ni de coña que eres alguien. Porque no lo eres. No eres más que una mediocre mierdecilla (…) Así que agacha la cabeza, y ponte a trabajar, mierdecilla. Así al menos sacarás algo en claro. Cállate, agacha la cabeza, trabaja, y sé consciente de que no vales una mierda”.
 
Y eso es lo que hace Knausgaard. Por años. Escribir sin parar, y estar alerta para ser capaz de ver la diferencia entre lo que creemos ser y lo que somos. Aunque está convencido de que los escritores no son personas felices (lo dice en una entrevista y las odia, y después de cada una de ellas se siente vacío, siente que se traiciona a sí mismo), más que nada en el mundo quiere escribir. Necesita dejarlo todo por la escritura o, mejor dicho, pone la escritura por sobre todo lo demás: familia, amigos, lo que sea. Él busca, a como dé lugar, escribir, no cualquier cosa, sino algo bueno. Lucha por eso, lo logra y es exitoso. Muy exitoso. Es más, Knausgaard se ha convertido en algo así como un rock star; hasta su rostro es, a estas alturas, una marca registrada que usa incluso en las portadas de sus libros.  
 
“Los dioses te aprecian, Karl Ove”, le dice su amigo Geir. Knausgaard ha sufrido, se ha hecho daño, le han hecho daño, pero, a pesar de todo, a pesar de que muchas veces siente que no tiene nada que decir, escribe, y le va bien. Llega a escribir con talento extraordinario. En un principio, tiene dudas sobre su escritura. Esto a pesar de que a los 30 años, en 1998, debuta con la novela “Fuera del mundo” y gana el Premio de la Crítica. En 2004, publica una segunda novela exitosa, “Un tiempo para todo”. Pero la victoria llega con “Mi Lucha”, y, a fin de cuentas, la cuota de rechazo a sí mismo, su autodestrucción, su baja autoestima (se repite, por ejemplo, una y otra vez que es un completo idiota), no es suficiente para ensombrecer su genio.  
 
Hay muchas razones por las que Karl Ove Knausgaard se ha convertido en escritor de primera línea. La más extraordinaria es, a mi juicio, ese volcamiento feroz que hace de sí mismo en su escritura. Con su “eterna compañera”, la ingenuidad, se arroja, se despoja, sin dejar nada adentro, sin guardarse nada. Llegó a este método después de entender que la constante autocrítica hacia su escritura, la autoedición y el minimalismo que forzaba en sus páginas le jugaban en contra. Finalmente, no lo dejaban escribir nada. Entonces hizo lo contrario. Se dio permiso para escribirlo todo, sobre él mismo y todos los demás. El costo no ha sido menor: parte de su familia paterna se peleó con él de por vida, y ha tenido problemas con su ex mujer y algunos amigos. A nadie le gusta verse expuesto en su intimidad, claro, y Knausgaard muestra la fragilidad que reside en su vida y en la vida de cada uno a su alrededor sin misericordia. Es un salvaje. Ahí radica el acto más valiente de su escritura. La honestidad con la que escribe —realismo puro— es inusual e impacta en Noruega —y en el mundo entero—, porque justamente su generación es aquella conocida como la “Generación de la ironía”.  
 
Pero no hay nada de irónico en la escritura de Knausgaard. Al contrario. Escribe con una conciencia tan lúcida y su prosa es tan clara que es imposible encontrar un doble sentido o un sentido oculto en sus palabras. ¿Pero de qué escribe este autor? En realidad, la pregunta debiera ser ¿de qué no escribe?, porque Knausgaard escribe absolutamente de todo: retrata la realidad, y en tiempo real. Escribe de la vida y de la muerte, del ser un niño llorón y de la infancia en los años setenta junto a un padre estricto y psicológicamente maltratador; del ser adolescente cuando lo más importante es tomarse todas las cervezas posible y tirarse a todas las chicas posible; escribe de las dificultades de compatibilizar el ser padre con el trabajo; escribe de la tristeza de los ancianos, de la cotidianeidad y la rutina de una familia, de los amigos, de lo detestable de la sociedad sueca y las diferencias con Noruega, escribe del proceso de armar y desarmar una pareja, del ser padre por primera vez, del amor y del desamor, del fracaso y del éxito, de la rabia y la frustración, de las comidas que prepara y de lo que limpia, de cómo muda a su hija recién nacida, de las tonteras de la vida así como de los grandes momentos, escribe de literatura y también de los procesos creativos del escritor, de la necesidad imperiosa que tiene de escribir así como de respirar. En fin, no hay aspecto de la vida que Knausgaard deje fuera.
 
 
Por eso, y con justa razón, se ha comparado a Marcel Proust. Mi Lucha tiene una fuerte similitud con En busca del tiempo perdido. Ambas obras son larguísimas narraciones autobiográficas, y Knausgaard también se aboca a recuperar cada momento de su vida, así como a reflexionar sobre temas metaliterarios o del arte en general. El noruego recorre su existencia completa, sin dejar ningún detalle fuera, ninguna emoción, conversación, idea. Parece recordarlo todo, a pesar de que “la memoria no es una magnitud fiable en una vida (…) Algunas cosas las empuja hasta el vacío del olvido, otras las retuerce hasta lo irreconocible, otras las malinterpreta elegantemente y algunas, las menos, las recuerda nítida y correctamente. Tú nunca puedes decidir qué es lo que se recuerda correctamente”.
 
Knausgaard es un hombre culto y en su obra abundan valiosos análisis sobre otros escritores, desde los mismos noruegos como Hamsun, Flogstad y Vesaas, hasta Hölderlin, Nietzsche y Heidegger, pasando por Mishima, Joyce y Dostoievski. Habla, por ejemplo, del drama del alma, de la abnegación y la humillación como los “ideales” más importantes en las novelas de Dostoievski, del concepto nihilista que hay detrás y de cómo lo humano irrumpe en todas sus formas, desde lo más grotesco y animal. También se refiere al sentido de una obra de acuerdo al momento histórico en que se lea y a la edad que tenga el lector al momento de leerla. Qué más nihilista puede ser el sentido de la vida que en la adolescencia, por ejemplo. Y, por eso, dice Knasugaard, ¡Dostoievski se ha convertido en un autor de adolescentes! 
 
Otro aspecto interesante es que Knausgaard comparte su proceso de escritura. De pronto se detiene a relatar cómo avanza en una novela y lo vemos visitar librerías en busca de literatura relacionada con lo que está escribiendo, o pelear con su mujer sobre el tiempo que necesita para escribir cuando recién ha nacido su primera hija, o si ha creído estar trabajando sobre un tema en particular, más tarde, en un instante de “iluminación”, darse cuenta de que su escritura se encaminaba  hacia algo mucho más profundo, a lo sagrado y a esa “salvaje intensidad” asociada a lo sagrado, o lo encontramos –y no pocas veces- sintiéndose un fracasado incapaz de escribir una sola línea que valga la pena.
 
Knausgaard le da a estos episodios la misma importancia que a una borrachera alocada –y tampoco son pocas. Desmitifica, de este modo, esa idea con la que creció su generación de que había que “esperar cosas de la vida, vivir en la fe de que teníamos derecho a algo, verdadero derecho a algo, y echar la culpa a toda clase de circunstancias ajenas si las cosas no salían como pensábamos”. Él no escribe para ser el gran escritor o, al menos, es honesto en admitir que sí lo quiere ser, aunque no llegue realmente a creerlo. Escribir, reflexiona, es sacar de las sombras lo que ya sabemos. No se trata de escribir sobre lo que ocurre “allí”, no de los actos que se realizan, sino del “allí” en sí. Por eso es tan adictiva su escritura, porque puede hablar de lo que sea y sabemos que no hay nada que nos vaya a ocultar. Descaradamente voyeristas, queremos seguir internándonos en su mundo –a pesar de que hay episodios que se extienden demasiado-, y observar hasta los más desagradables detalles, como cuando pasa días enteros junto a su hermano Yngve limpiando la casa de su abuela y la inmundicia en la que murió su padre alcohólico.
 
 
LA MUERTE DEL PADRE
 Concuerdo con Knausgaard. Las cinco primeras páginas de “La muerte del padre” son las mejores del libro. No concuerdo, eso sí, en que el resto no sea buena literatura.
Pero estas cinco páginas son magistrales. La reflexión sobre la muerte está escrita en una prosa de altísima calidad. Describe la muerte sin anestesia, con una claridad y agudeza escalofriante, inteligente, novedosa. Se aborda cruda, paso a paso, no sólo la descomposición que sufre el cuerpo, sino el ritual y los actos colectivos que están pensados para “reprimir” y esconder al muerto, lo muerto, lo más rápido posible.

Hay un antes y un después de la muerte del padre, afirman los analistas. Y en escribir sobre este hecho hay quizás un intento casi desquiciado por encontrarle sentido a la vida. Es más, por rescatar el sentido del sinsentido en el que convergen finalmente tantos aspectos de la vida que pasan desapercibidos ante nuestros ojos, para después ser olvidados, y convertirse en una cosa muerta más.
 
 
LA NO FICCIÓN
El mundo de Knausgaard no se diferencia mucho del mundo en el que vivimos otros  occidentales. Lejana como puede resultar la sociedad noruega para Chile, se enfrenta a los mismos problemas que tiene hoy cualquier sociedad contemporánea: suicidio, anorexia y otras enfermedades mentales, alcoholismo, drogas, problemas entre  padres e hijos, el qué dirán y el intento de complacer al resto, el bullying entre niños, la dureza y soledad en la que viven los ancianos. 
 
Pero Knausgaard apunta quizás al problema más grave que afecta transversalmente al mundo de hoy: la indiferencia frente a la vida y la muerte. “Quiero vivir  —escribe—. Pero entonces, ¿por qué no vivo? ¿Por qué, cuando me meto a un avión o en un coche, me imagino que el avión se va a caer o el coche a chocar, y que en realidad no importa mucho? ¿Que da igual si vivo o muero? Porque eso es lo que suelo pensar. La indiferencia es uno de los siete pecados capitales, en realidad, el más grande de todos, porque es el único que peca contra la vida”.
 
 
Knausgaard tiene la sensación y la conciencia de que todo lo que nos rodea está, de algún modo, ficcionalizado. Yo diría que no es una sensación, sino una realidad muy concreta. Vivimos en un mundo donde es difícil advertir la diferencia entre ficción y realidad. Los medios de comunicación mienten, las noticias pueden ser de mentira, los políticos, las instituciones, etc. Con la sobreabundancia de realidades virtuales, por lo demás, todo es vulnerable y es difícil establecer dónde está la verdad. Por eso, dice Knausgaard, “la misión de la literatura no debería ser más ficción, sino la realidad, el sentimiento y el sentido de realidad”. Y es verdad. Hacia allá va la nueva literatura: hacia la no ficción.
 
 
La Panera/ diciembre de 2015

GABRIELA MISTRAL: SANO AMOR PROPIO O UNA BELLEZA INSIGNE DE SENCILLEZ

¿Sorprendernos? ¿Maravillarnos? ¡Sin duda! “Caminando se siembra” es un libro para celebrarlo en grande. Por eso, comparto entusiasta la alegría y fascinación de Luis Vargas Saavedra, gran estudioso de la obra de Gabriela Mistral y autor de la selección y el prólogo de esta obra, ante estas prosas inéditas, que él mismo define como “arqueología póstuma” de nuestra Premio Nobel, y que ha escogido meticulosamente entre cuadernos, fragmentos, cartas, discursos, artículos para diarios y revistas, y quizás cuántos apuntes que abundan en el “Legado Gabriela Mistral”.
 
Con esa sustancia “sudamericana absoluta y acérrima”, Gabriela Mistral escribió, al parecer, muchísimo más de lo que llegó a publicar. Escribía a mano desde su adolescencia y seguramente era poco lo que transcribía. Solo lo estrictamente necesario para sus compromisos, entre los que figuraban clases, charlas, discursos, prólogos, cartas. Yo aventuro que por aquella razón, el delicado manuscrito, la escritora se aferró a una prosa poética excepcional y pura, ya sea en su versión más clásica o más rústica, que eran sus dos maneras de escribir. Como advierte Vargas Saavedra, Mistral fue la creadora de una prosa “conversada” con emoción e imaginación, entendiendo por esta última a esa “Gran Señora”, esa fuerza “Magnánima” que Mistral recomienda dejar suelta y libre tanto como se pueda, en contraposición a la “adulta refunfuñona” que vendría siendo la Razón.
 
La poeta, por lo demás, poseía una intensidad propia en su manera de vivir y de pensar que no le permitía, creo yo, dedicarse mucho tiempo a volver sobre sus escritos. Vivía corriendo, me imagino, con innumerables ideas en la cabeza, apurada por traspasarlas al papel antes de dejarlas escapar, rescatando también lecturas, con prisa por compartir unas y otras con su público -llevada más que nada por su vocación de profesora, comunicadora y poeta-, ya fuesen asistentes a una de sus clases, a una de sus charlas, acaso un lector o lectora solitarios o alguno de los destinatarios de sus cartas. Porque incluso allí, en la intimidad de la carta, como demuestra la valiosa aunque pequeña selección epistolar aquí incluida, Gabriela Mistral era generosa en el sentido de volcar fervientemente, como una predicadora de su fe, conocimientos sobre los más diversos tópicos. Resulta  conmovedor, por ejemplo, leer cómo aconseja a Félix Armando Núñez preocuparse por la salud: “Hai que hacer ejercicio físico –escribe-, para arrojar en el sudor los venenos que se inyectan después en la sangre; hai que buscar la limpieza del estómago, porque la mitad de nuestras desesperaciones vienen de un estómago sucio: hai que respirar profundamente porque la respiración insuficiente que tenemos no alcan