Cuentos


BE


Jessica Atal

 
   
Ya conozco esta sensación. Los senos hinchados, afiebrados, a punto de explotar. Al mínimo roce el dolor. El período menstrual no llega. Días de retraso. No sé cuántos. Tres o cuatro. Los suficientes para notar el cambio hormonal. Algo está pasando adentro. Temo lo que puede estar pasando adentro. Voy a la farmacia. Compro un test de embarazo. Miento. Digo que lo necesito para mi hija adolescente sin que nadie me pregunte. No sé si me creen. A quién le importa. La vendedora ni siquiera me mira a los ojos. Sería lo mismo si estuviera vendiendo aspirinas o cepillos de dientes o algodón. Me siento mal. Mareada. Vuelvo a la casa. Me encierro en el baño. Abro el envoltorio de plástico grueso y blanco. Por qué fabrican estas cosas tan difíciles de abrir, y lucho desesperada con el plástico
hasta terminar rompiéndolo con los dientes, con las uñas. En el interior hay un instrumento también blanco. Parece un termómetro. Claro que estoy afiebrada. Leo las instrucciones. Retirar la tapa morada. No sé por qué es morada, el color de la esperanza. El color del estuche de mis lápices. Por algo elegí ese color para guardar mis lápices. La esperanza de mi trabajo. Por algo lo eligieron ellos, los del laboratorio, el color de la esperanza de la vida. No quiero ni pensarlo. Me siento en el baño. La taza del baño está
suelta desde que me mudé a vivir a este departamento y todavía no la arreglo. Por qué no la arreglo. Apenas apoyo el glúteo izquierdo me deslizo hacia un lado. Quedo sentada con la cadera chueca. La tapa suena fuerte. Fierro contra fierro. La caída brusca, innecesaria. Sigo las instrucciones. Orinar y dejar caer unas gotas de orina sobre la punta del aparato que es del porte de un lápiz. El líquido amarillo sale sin dirección fija. Intento atrapar la orina con mis manos para rociar el aparato-lápiz-termómetro-bendición o castigo que debe empaparse de mi estúpida orina. Bien. Al fin. Lo logro. La punta abierta al exterior se moja. Hay que esperar un minuto y dejar el aparato sobre una superficie plana. Lo dejo sobre el borde de la tina mientras me lavo las manos y me limpio entre las piernas. Me seco. Me subo el calzón, los pantalones. Y miro. Miro cómo la orina avanza por una ventanilla del aparato con fondo blanco. Se tiñe oscura, amarillenta, y pronto marca una línea vertical rosada. Si marca una sola línea, todo está bien. No hay embarazo. Alivio. No quiero seguir mirando. Pero poco a poco se esboza una segunda línea. Se va haciendo
cada vez más oscura hasta que alcanza la misma intensidad de la primera. Maldita sea. Eso
sí es embarazo. Dos líneas paralelas. Resultado positivo. Clavo los ojos en esa línea. La segunda. No desaparece. No cambia de color. No se difumina. Al contrario, va tomando fuerza, se hace una realidad enorme, gigante. Es una pared. Es un muro grueso, de cemento, es el muro de Belén, la barrera imposible de eludir, traspasar, botar abajo. Ocho metros de altura, el doble de lo que medía el muro de Berlín. La toco, me quema. Me

desangra. No. No me desangra de verdad. Ojalá me desangrara, y por primera vez quiero ser uno de esos palestinos muertos entre el polvo y la sangre. Ojalá fuera capaz de botar, de rociar la tierra con toda esa sangre que está protegiendo las paredes del útero. Esa sangre que protege un grupo de células que en un tiempo más, en muy poco tiempo más, va a tener órganos y un cuerpo que integre esos órganos, los ordene y les dé una estructura. Un ser humano. Be. Ella es Be. Es una niña. Lo sé. De pelo castaño y crespo y ojos claros, azules. Ya sabemos, tú y yo, cómo es. Sabemos cómo se llama. Desde el primer momento. Menos mal que estás cerca de la casa y te demoras poco en llegar. Tocas el timbre. Sabes que mi marido está de viaje. Abro sin saludarte. Ven, te digo. Me sigues al baño. Cierro la puerta, aunque estemos solos. Mira. Te muestro el tubo-destino-realidad- futuro-fuerza-vida. Be. Pero estás segura, me preguntas. Quizás se equivocan estas cuestiones. No, nunca se equivocan. Estas pruebas son noventa y nueve por ciento confiables. Certeras. Y mi cuerpo tampoco se equivoca. Y mi percepción de lo que pasa en mi cuerpo tampoco se equivoca. Soy mujer. Sé lo que me está pasando. No quiero creer lo que me está pasando. Entré en la pesadilla. Y cómo se sale de aquí. No, no se sale. No se despierta de esta pesadilla. Se toma el espacio. Todo el espacio. Físico y mental. Mi piel está blanca. Transpiro helado. Pierdo el color. Ya no imagino ningún color aparte del rojo de la sangre que anhelo que fluya y que tiña la tierra. Quiero sangre, pero en cambio, siento terror. Qué hago. No puedo tener este hijo, hija, lo que sea. Tú me miras. No reaccionas. Pero al fin preguntas, como si no tuvieras nada que ver en todo esto, y qué quieres hacer. No lo sé. No tenerla. Pero me detienes ahí. No. Estás loca. Yo no quiero cargar con ese karma. Si tú no la quieres, me la das. La crio yo. Me la llevo lejos. No
tendrás que verla nunca más. Solo mantenla ahí, en tu vientre, nueve meses. Después te olvidas. Sí, claro, Franco, seguro que me olvido. Estás loco. Tienes otra de tus brillantes ideas. Bueno, si no la quieres, la das en adopción. ¿Lo dices en serio? No. De ninguna manera. La prefiero muerta antes de entregarla a extraños. Y si la maltratan. Si son malos, abusivos, enfermos. No. Entonces qué. Hazte cargo, me dices. Y por qué yo, como si estuviera sola en esto. Claro que estoy sola en esto. Bueno, hagámonos cargo, me dices en un tono más cariñoso. Por primera vez te brillan un poco los ojos, como cuando sueñas
con tus planes que nunca se hacen realidad. Vámonos lejos. Siempre te has querido ir
lejos, Luz. Quizás esta sea la única alternativa. Arrancar. Pero yo no sé si puedo. No sé si quiero. A estas alturas de mi vida. Arrancar dónde. Ya tengo cuatro hijos. No. Imposible, Franco. Y qué quieres hacer, vuelves a preguntarme. No lo sé, contesto alterada. Por ahora no pensar. Bueno, como quieras. Me das la espalda. Por supuesto me dejas, te vas. Me quedo sola en el baño. Me miro en el espejo. Siento las baldosas blancas y frías bajo
mis pies descalzos. Soy una baldosa fría. Corro al teléfono. Es lo primero que se me ocurre. Pido hora donde Luis, mi ginecólogo. Urgente. Hoy mismo a las seis de la tarde. Voy sola, claro, con quién más. Me hacen esperar. Como siempre, me hacen esperar. Veinticinco minutos paso observando mujeres embarazadas con sus maridos al lado, felices, conversando despacito, pensando en cómo se llama la guagua, en las ecografías, en que
ya se parece al papá o a la mamá, en que son tan felices. No, no tengo paciencia. Me acerco a la secretaria. Cuánto le falta al doctor. Por qué está tan atrasado. Ya está por salir la paciente anterior, señora Luz, responde la secretaria con toda la calma del mundo.
Como son las secretarias. Entrenadas para eso, para tener paciencia con pacientes

histéricas. Saliendo ella la hacemos pasar a usted de inmediato. Tome asiento, por favor. Vuelvo obediente a mi asiento de plástico azul. Qué significa el plástico. Qué significa el azul. Al frente mío hay una pantalla. En todas las salas de espera de esta clínica hay pantallas. En todas partes la información es bombardeante. Espesa. Desfilan un sinfín de enfermedades y hablan los especialistas de cómo los médicos de esta institución tan prestigiosa han sanado y salvado a miles de pacientes. Les han devuelto la felicidad a sus vidas. Ahora un médico habla del embarazo. Me estarán tomando el pelo. Los cuidados del recién nacido. No quiero saber más. Me los conozco de memoria. Cuatro veces he pasado por lo mismo, maldita sea. Era una etapa cerrada en mi vida. Pero aquí me la ponen de nuevo por delante. La posibilidad de ser mamá. De traer más vida al mundo. Como si no hubiese suficiente. No puede ser. Me llaman. Señora Luz, consulta 7. Luis no está en su oficina. Hay un inmenso ventanal con vista a árboles tristes. Lo tengo que esperar y me sumerjo en esos árboles, en sus pocas hojas. Alguna vez fuimos juntos, Cristián y yo, a esa consulta. En realidad, mil veces. Entra Luis, me saluda cariñoso, como es él. Apenas alcanza a preguntarme cómo estoy y estallo en llanto. Embarazada, le contesto. Estoy embarazada. Cómo lo sabes, pregunta, cuestionando la vida. Me hice el test. Hoy en la mañana. Sin cambiar la expresión de su rostro en lo más mínimo, me pregunta lo de siempre, la rutina. Cuándo fue mi última regla, cuándo tuve relaciones por última vez. No he parado de tener relaciones, Luis. Con Cristián y con alguien más. A ver, Luz. Qué me quieres decir. Bueno, que tengo un amante. Luis continúa sin cambiar la expresión de su rostro. Como si esto de los amantes lo fuera a espantar. A un ginecólogo. Pero el padre es Franco, no mi marido. Lo sé por la fecha. Cristián ha estado de viaje. Las manos me tiemblan sudorosas. Luis no se involucra en el drama pasional. Ni una sola vez
me ha mirado a los ojos. Mejor así. Lo que a él le importa son los datos, los hechos, lo que se puede comprobar científicamente. Me pide que pase a la otra habitación, que me desvista y que me ponga la bata. La enfermera me pesa. 64,7 kilos. No puedo estar tan gorda. Al término del embarazo voy a estar en 120. Nadie repara en mi comentario. Los árboles afuera siguen tristes. Mejor no hablo tonteras, aunque lo único que quiero es hablar, hablar de lo que sea y que alguien me escuche. La enfermera me pide que me suba a la camilla. Un pie en cada estribo, por favor. Que me siente más abajo. Sí, en el borde. Luis monitorea una pantalla y hay otra frente a mí. Ahí está. La imagen gris. El tejido, el útero. Una pequeña mancha negra. Apenas un punto. Minúsculo. Ahí está, Luz. Efectivamente estás embarazada. Estallo en llanto una vez más. Luis me consuela por primera vez. Ya, tranquila, no te desesperes. Qué más me puede decir. La cara descompuesta por el pánico, lo sé. Pero hay una esperanza. A tu edad, me explica, es
difícil que el embarazo llegue a buen término. Las estadísticas son muy bajas. En toda mi vida profesional he tenido dos mujeres de tu edad con un hijo en brazos. ¿Y si soy la tercera? ¿Y Cristián? Sí, ya sé que estoy vieja. A los 49 a quién se le ocurre pensar en ser madre. Vístete, Luz. Hago caso. Entro al baño con los ojos nublados, empapados, mi vida nublada en el pequeño baño de la consulta. Sin salida. Sin ventana. No me calmo. Nada me calma. Qué voy a hacer. Ahí está. Be. La acabo de ver. Gestándose. La vida. Tengo la vista fija en mi estómago. Lo veo gigante. Es una bola gigante. Un planeta. Una niña. Vuelvo a la oficina de Luis. Escribe en mi expediente. Me pide unos exámenes. Si es posible, tómatelos ahora mismo. Para que te quedes tranquila. Miden el nivel de las

hormonas. La gonadotrofina coriónica y la progesterona. Si los niveles son bajos, es difícil que el embarazo prospere. Me lo repite. Una y otra vez. Pero eso no aplaca mi angustia. Si no te llamo hoy, Luz, mañana a mediodía sin falta tendremos la respuesta. Mira la hora en su reloj. Sí. Quizás no alcanza a llamarme hoy. Por ahora tranquila, me dice por enésima vez. Pero yo sé que no voy a estar tranquila. Bajo al subterráneo, al laboratorio. Necesito hacerme estos exámenes. Es urgente. La enfermera me pregunta por qué razón me pidieron estos exámenes. Le digo que no sé. Fue mi doctor. Él los necesita. Me pregunta la fecha de mi última regla. No recuerdo bien. Creo que alrededor del 3 de mayo. No quiero darle información. No quiero que sepa nada de mí. Me pincha. El tubo se llena de sangre roja que no parece roja ni sangre, sino un líquido gelatinoso y muy oscuro. Es el color de
mi resistencia interna. Negra. Los resultados están dentro de cuatro horas, me informa la enfermera. El doctor no los alcanzará a ver esta noche, pero yo los puedo ver en línea. A las 11 PM. Me voy a la casa. Los niños me esperan. No sé qué cara tengo. La peor. Abrazo a mis hijos, son tan inocentes todavía. Voy a la cocina. Debo preparar la comida. Abro una botella de vino. Quiero tomar. No soporto pensar en lo que puede pasar, en lo que está pasando. Llegas de sorpresa. Quieres saber cómo estoy. Cómo crees que estoy, Franco.
¿Acaso es un castigo?, me preguntas. ¿Un castigo? No, no es un castigo. Nadie nos ha
mandado un castigo, ni del cielo ni de ninguna parte. Es la obvia consecuencia de nuestra inconsciencia, tuya y mía, de nuestra irresponsabilidad. Con estas cosas no se juega, ¿o acaso no lo sabías? Es consecuencia de pensar que a nosotros no nos va a pasar nunca nada, como si existiéramos por sobre las leyes de la naturaleza. De pensar que lo controlamos todo. No, Franco. No es un castigo. Es lo que nosotros mismos buscamos. Tú y yo. Aunque puede ser una manera de castigarnos a nosotros mismos. Eso sí. Porque ahora perdí a Cristián. Lo perdí para siempre. ¿Tú crees que me va a perdonar una
infidelidad así? No. Nunca. Yo tampoco lo haría. Jamás lo perdonaría si se metiera con otra
mujer. Me va a odiar por el resto de su vida. Pero no le tienes por qué contar, Luz, me dices como si fuera la fórmula mágica. ¿Por qué le tienes que contar? ¿Cómo? ¿Cómo crees que puedo ocultarle algo así? ¿Acaso no sabes que lo que llevo adentro va a crecer y se va a notar y va a vivir después aquí, en esta casa, entre estos niños? Bueno, pero puede ser suya, ¿no? Esa criatura puede ser suya. Eso quisieras, Franco. Eso quisieras. Estás loco. Lo siento, pero eso es imposible. ¿Y cómo estás tan segura? ¿Cómo sabes que es mía?
¿Me estás tomando el pelo? ¿Acaso tú no lo sabes? Por la fecha, Franco. Hay días de
fertilidad específicos y uno de esos días estuvimos juntos, tú y yo. Sí, maldita la hora en que estuvimos juntos. En qué momento pensamos que esto podía funcionar. La doble vida. El amor clandestino. Tú tienes tu vida con tu mujer. Y yo con mi marido. Y éramos felices. Era tan fácil. Ahora nada. Lo perdí. Lo perdí para siempre. Quiero estar sola, le digo, finalmente frustrada, enojada. Por favor, ándate. Te vas, sin despedirte. Acuesto a los niños. Mejor me voy a dormir. Pero no. No duermo. Espero que sean las 11. Me meto al computador. Son miles de números. Intuyo que los niveles están altísimos. El embarazo es real. La infidelidad es real. No sé si logro dormir algo en la noche. Tengo los ojos hinchados en la mañana. Tomo el teléfono. Pido otra hora urgente. Esta vez con Silvia, mi
psicóloga. Voy corriendo. Le cuento. Su primera reacción es de alegría. Me quiere felicitar.
Pero yo no la dejo. Estallo en llanto una vez más. Ella intenta decirme que todo está bien. Que Dios sabe por qué hace las cosas.  Que los niños son ángeles que llegan del cielo. Que

es un regalo del cielo. Que debo estar agradecida. Silvia es tan católica que me desespera. Me pregunta si conozco la historia de Juan Pablo II. Por supuesto que no. Y no quiero escucharla, pero me la cuenta igual. Su madre era viuda, ya de edad avanzada, tenía seis hijos. Cuando supo de un nuevo embarazo, le aconsejaron por su salud que abortara, pero ella no quiso. Tuvo a su hijo sola. ¿Y sabes quién fue ese séptimo hijo, Luz? No, por supuesto que no lo sé ni me importa, le contesto impaciente. Fue el Papa. Juan Pablo II. Yo la miro indiferente. Lo menos que querría en el mundo es tener un hijo cura, cardenal o papa. Qué asco. Tú no sabes el destino que le espera a esa criatura, me dice Silvia. No sabes qué es lo que viene a hacer a este mundo. No te corresponde saberlo tampoco. Le explico que este hijo no es de mi marido. Este hijo es de una relación con mi amante. ¿Te das cuenta, Silvia? Fui infiel. Y me cuesta decirlo. Amante. Amante. Porque el amor no
está en juego. Yo amo a mi marido, pero lo engañé. Y mira lo que pasó. Qué quieres hacer, Luz. Esta criatura llegó para que resuelvas tu destino. El destino de todos. Si fuiste infiel es porque algo no anda bien en tu matrimonio. Yo no quiero resolver ningún destino. O
quizás sí: no puedo tener otro hijo. Sí puedes. Pero Cristián no me lo va a perdonar. Y
Franco tiene a su mujer y yo sé que la ama y tampoco querría estar con él. Entonces te quedas sola, Luz. No es ni uno ni el otro. Tú te pones de pie como guerrera y enfrentas tu vida sola. Esta criatura viene a eso. A que de una vez por todas te hagas cargo de tu vida. No necesitas un hombre al lado. No necesitas a nadie. Solo a ti misma. Tú sales de aquí a enfrentar el mundo. No, Silvia. Yo no soy capaz de enfrentar nada ni a nadie. Ni a mí misma. Silvia me pide que tenga fe. Me dice que todo va a salir bien. Que un hijo es una bendición. Pura luz. Es verdad. No puedo negárselo. Pero esta hija no era esperada y toda la angustia que siento ya la debe tener incorporada en su núcleo, en su ADN, en su esencia. Sé que siente. Be siente todo. El rechazo. Y yo no quiero traer al mundo un ser que ha sido rechazado desde el primer instante de su concepción. Entonces tienes que estar tranquila, Luz, me dice Silvia. En paz. En el fondo, date cuenta. Tu esencia es esa, la de ser madre. Porque tú hablas desde tu esencia de madre. Jamás podrías dañar a un hijo tuyo. Y desde ahí tienes que sacar la fuerza. Eso eres tú. No. Yo soy mucho más que eso. Mucho más que madre. Quiero ser yo, mujer, individua, habitante del mundo, libre. Pero no le digo nada. Ya me quiero ir. No encuentro consuelo. Estoy aquí para lo que necesites, me dice ella, abrazándome, cariñosa. Sí sé. Muchas gracias, Silvia. Salgo de la consulta. Pago. Le digo a la secretaria que vuelvo la próxima semana. No sé si voy a volver la próxima semana. No voy a volver la próxima semana. Vuelvo a la casa. Me doy vueltas sin saber qué hacer. En la noche me tomo una pastilla para dormir. No quiero despertar al otro día ni nunca y despierto de todas maneras al otro día y la pesadilla está ahí, más viva que ayer. Los niños se van al colegio. Yo voy al gimnasio. Levanto pesas. Harto rato. Harto peso. Esa es una manera de abortar, había escuchado por ahí. Levantar peso. Estoy matando a alguien. Hasta que me canso. Me canso de querer matar a alguien. Me ducho. Vuelvo a casa. No trabajo hoy. No quiero ver a nadie. Te escribo. Te digo que te amo. Te digo que te perdí. Sé que te perdí. Qué pasó, mi amor. No te quiero contar por mensaje. Cuando hablemos por teléfono, Cristián. O cuando regreses de tu viaje. No, me dices. Cuéntame ahora. Qué pasó. No me atrevo. Franco me advirtió: que no se me ocurriera contarle a Cristián ni a nadie. Franco sigue pensando que nadie tiene por qué enterarse. Franco se enoja: hasta cuándo andas por el mundo haciéndole daño a la gente, Luz. Le vas

a causar un dolor innecesario a Cristián, solo para sentirte mejor tú, para liberarte de tu culpa. Eres insoportablemente egoísta. Deja de pensar en ti. No, no es eso. O quizás sí. Es que ya no quiero seguir mintiendo. Tampoco es eso. Es que no quiero hacerme responsable. Es que quiero entregarle el problema a otro, a Francisco, a ti. Quiero andar por la vida con la verdad, pero sin hacerme cargo de esa verdad. Cuál es mi verdad, maldita sea. Quizás esa es la lección que nos quiere dejar Be. Franco termina diciéndome que haga lo que quiera. No es mi problema. Claro que no es tu problema. Tú eres un extraño en mi vida. Cuánto quisiera volver a Cristián, a ese pedazo de historia real. A mi equilibrio. Cristián me llama por teléfono. Dime de una vez qué pasa, mi amor. No tengo fuerzas. Algo muy terrible. Lo intuyes. Me dices que no tengo nada que decirte, nada que explicarte. Que eso era, en el fondo, lo que yo quería. Que nunca cerré ese capítulo con ese hombre del pasado, que finalmente me di cuenta que lo sigo amando a él. Que nunca lo dejé de amar. En todos estos años. Que nuestro matrimonio no vale nada. Que por fin decidí. Que por fin tengo claros mis sentimientos. Nunca me amaste, Luz. Franco siempre fue el hombre de tu vida y lo sigue siendo. Entonces, que haga mi vida con él. Francisco va a desaparecer. Ya nada tiene que hacer conmigo. No me quiere molestar más. No quiere ser un obstáculo para mi felicidad. Para la felicidad de mi nueva familia. Nunca más. Ya
verá el modo de estar en contacto con los niños. Sin verme. Espera, Cristián. Te lo pido por favor. No es eso. Entonces qué. Qué más quieres decirme, Luz. Y aparece toda, entera, Be. Te digo la verdad. Estoy embarazada. Pero al principio no entiendes que puedo estar embarazada de Franco y de pronto veo nítida la puñalada que te estoy dando por la espalda. Caes al suelo. Tú sí que te desangras. Te desarmas en llanto. No tiene límite el dolor. Por qué. Por qué me hiciste esto. Por qué le hiciste esto a nuestro amor. A nuestro amor que era lo más sagrado, lo más puro. Yo también me desarmo. Apenas balbuceo
unas ridículas palabras de perdón. Sé que no tengo perdón. Te engañé. Fui infiel. Algo que
nunca íbamos a permitirnos. Nos lo habíamos jurado, Luz. Y yo. Me cortas el teléfono en medio del llanto y los gritos. Me da rabia que te desarmes, que no me contengas, porque yo también estoy sufriendo. Pero sé. Qué contención merezco yo. Tú eres el que no se merecía esta canallada. Pero lo hice. Te engañé. Te mentí. Fui infiel. El dolor de la infidelidad es solo comparable al dolor de la muerte, me habías dicho alguna vez. Sí sé. Pero no. No lo registré en mi consciencia. Como si mis actos no tuvieran consecuencias. No dormí. No dormimos. En toda la noche. Tiritas. No tienes fuerzas para caminar en la mañana. Llamas a tu terapeuta. Sí, es lo mejor, Cristián. Ella te va a poder ayudar. Aconsejar. Aliviar. Después me cuentas lo que te ha dicho. Quien ha sido infiel siempre buscará una excusa para justificar su infidelidad. Que tú no te valoras. Que una acción de esta naturaleza provoca el quiebre definitivo en casi todas las parejas. Que la infidelidad es como la droga. Una vez que se prueba no se puede dejar. Sé la rabia que me tienes. Tengo miedo. Sé que nunca me lo vas a perdonar. Sé que ese rencor va a crecer adentro
tuyo como un cáncer. Tú me dices que ahora no me debo preocupar por eso. Que hay una criatura en camino. Un nuevo ser gestándose adentro mío. Debo tratar de transmitirle amor. Debo estar feliz por esta vida que comienza. Pero no puedo estar feliz, te contesto. No quiero que comience otra vida dentro mío. Menos si no es tuya. No podemos hablar más. Ni tú ni yo. Cortamos. Se me ocurre una idea. Investigo en internet. Métodos abortivos naturales. Hierbas abortivas. Se mezclan 100 gr de artemisa, 50 gr de ruda, 50 gr

de sabina, 100 gr de hipericum y 30 gr de orégano en tres litros de agua. Se disuelve una dosis de diclofenaco de 75 gr. Se toma. A las pocas horas vendrá la hemorragia. Me da miedo la hemorragia. Busco más información. Esta vez encuentro una alternativa química. La combinación mifepristona-misoprostor. Pero estas pastillas no las venden en Chile. Es ilegal este tipo de aborto. Cualquier tipo de aborto es ilegal en este país. Pero yo también tengo derecho a la vida, quiero gritar. Vuelvo a pensar en el compuesto de hierbas. Llamo a Franco. Le pido que compre las hierbas y el diclofenaco en la farmacia. Pero a los cinco minutos lo vuelvo a llamar. Qué quieres ahora, me pregunta. No sigas, contesto. He continuado leyendo. Hay riesgo de muerte en la mujer al ingerir la mezcla. Puede producir
envenenamiento. Mejor, entonces, tomar veneno para ratones directamente. Mejor tírate
al Mapocho, me dices. Y acaba de una vez con todo. Cortamos enojados, con ganas de mandarnos a la cresta. Me llama Luis, el ginecólogo. Me da los resultados de los exámenes que ya sabía. Lo nueva noticia es el tiempo. No tengo más de veinte días. Le hablo de los métodos naturales. De las hierbas, de las pastillas, de las intervenciones quirúrgicas finalmente. No. Calma, Luz. Te advertí que debemos esperar. La naturaleza tiene que
hacer su parte. No te adelantes. No cometas una acción de la cual después te puedes arrepentir. Y quizás sin necesidad. No, Luis. No puedo esperar. Me pide cuatro días. Bien. Accedo. Me comeré la ansiedad cuatro días. La vomitaré, no sé. En cuatro días más te veo y tomas tu decisión. Está bien. Gracias. Me recuesto. El vientre me tirita. De nuevo está convertido en una bola enorme. Qué quieres decirme, Be. Por qué no te vas. Por qué no buscas otro lugar donde nacer. Yo ya con cuatro hijos no doy abasto. En serio. Por qué no te vas a otra parte. Yo no te quiero. Déjame. Déjame libre. Me quedo dormida. Solo por
un rato. He dormido poco de nuevo. No tengo ganas de levantarme, no tengo ganas de ducharme, pero de todos modos voy al baño. Me siento en la taza del baño suelta. Suena la tapa y mi cadera se ladea y mi glúteo queda en el aire. Escucho salir mi estúpida orina. Me limpio. Miro el papel. Hay una mancha gruesa y roja en el papel.


(De Ella también se va, 2018)